LOS AÑOS DE LAS LUCES Y EL DÍA DE TUS OJOS

Nos pasamos gran parte de la vida queriendo explicarla, descifrando precisamente en qué consiste esto de vivir.  ¿Es otra cosa filosofar? Y tenemos que hacerlo sobre la marcha, como el toreo, que te da un tiempo  -y no otro-  para resolver la faena. Al final de todo, vivir es resolver.

Cada nacimiento es un estreno que para sí mismo inaugura la historia como si borrara el pasado. Nos dan a luz sin libro de instrucciones, por más que nos estén esperando con un libro de manipulaciones. Nos aguardan con sus vidas para reproducirlas en la nuestra. Ahí nos acecha el primer error: cargar con todos los pesos que otros no han sabido quitarse de encima. Nacemos con malformaciones.

No me ha sido fácil desguazar una cultura y una religión bien surtidas de falsedades y, sobre todo, de infelicidades, de amarguras y temores incompatibles con el auténtico amor de Dios. Pero ya está logrado, por fin soy hijo de la luz, como lo llama el Evangelio, ese Evangelio que se ha proclamado mucho y mal por donde convenía, pero muy poco por donde escuece, por donde se jode el invento. No se atrevieron a contarme hasta dónde me quería Dios, porque saben que cuando el amor es tan grande, tan inmenso, tan desmedido, entonces ellos no hacen falta ni para darnos su bendición, ni para intermediar en perdones, ni para rogar por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Ya no confieso que hay un sólo bautismo para el perdón de los pecados. ¡Serán engreídos!

Pepe Fuertes 

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