FILA 7 SU AMOR DE NOCHE ME LLEGÓ

Fila 7

SU AMOR DE NOCHE ME LLEGÓ

Se supone que si lo que yo hago aquí es contar la vida de Raphael, ¿a qué viene que hable de la mía? Pues porque no me cabe duda de que entre la vida Raphael y la de cada uno de quienes le admiramos, se produjo cierto día un cruce de caminos que nos ha hecho indisolubles con el artista. Este preámbulo necesario es como el corcho de la botella. Verán…

Vive en un verso el amor de mi vida: “Se muere por mí la niña”.  Está escrito hace muchos años por Manuel Alejandro. Está escrito antes, mucho antes, de que naciera la niña. Antes, mucho antes de enamorarla. Está escrito como un temblor de hojas de naranjos anunciando con brisa la primavera. Y lo mismo que Sevilla tuvo que ser con su lunita plateada, también tuvo que ser un verso de Manuel Alejandro el que guardara la clave de mi amor, la secreta clave que una canción iba descifrando como si se tratara de una profecía:

Se muere por mí la niña

¿quién lo diría, quién lo diría?

Tan feo yo y ella tan bonita

como una espiga, como una espiga…

Yo la había escuchado por primera vez en “El mundo de Raphael” para TVE. Manuel Alejandro, sentado al piano, se la iba cantando al propio Raphael que, también al piano y acompañado por el gran compositor de sus éxitos, acababa de interpretar “Desde aquel día”. La escena permitía ver ante las cámaras algo inédito para el gran público, pero absolutamente normal entre ellos desde los tiempos de “La Galera”: estaban juntos frente al piano, solos con el piano…

Se muere por mí la niña

¿quién lo diría, quién lo diría?

Su pelo color de vida,

el mío ceniza, el mío ceniza…

Que sea su sueño verme

nadie lo entiende, nadie lo entiende…

que no viva por quererme

no lo comprenden, no lo comprenden,

y que diga morir sin verme

¿qué te parece, qué te parece?

Más joven que yo mil veces

¡mira qué suerte, mira qué suerte!

Era 1975 y yo tuve la extraña sensación de que estaban cantando mi vida, me recorrió la fuerte emoción de que estaban cantando mi amor. Aquella letra me pareció un presagio seguro de su venida. Era 1975 y ella no nacería hasta veintiún años después. Así sucedió para que se cumpliese la Escritura, la Escritura que va con mayúscula en ese evangelio apócrifo del genio creador de Manuel Alejandro, ese evangelio que habla del amor, una vez más, y donde se ama con la fuerza de los mares y con el ímpetu del viento.

Así fue como desde aquella lejana noche, vive en un verso el amor de mi vida. Siempre creí que existía. Siempre. Incluso en los momentos más incomprensibles para tener fe en eso.

La había buscado por todas partes. Nadie podría imaginarse hasta dónde y hasta cuánto. Inútil. Todo inútil. Pero un buen día me sacudió la intuición de que ella estaría en un concierto de Raphael. Me llegó la corazonada de que el lugar más lógico para encontrarla sería en un concierto de Raphael. ¿En un concierto de Raphael lo más lógico? Cualquiera podría hacerse esta pregunta, lo comprendo. Pero cualquiera que no tenga los pies sobre la tierra viva y fértil de un planeta llamado Raphael. Yo habito allí desde niño prácticamente. Respiro su aire, conozco su atmósfera, sé lo que es pisar la inmensa superficie de una geografía musical única, dotada de lengua propia para el amor, de palabras intensas que ya no se llevan, de pasiones desmedidas que no están de moda, de acentos vivos que han muerto en tantas bocas, de dolientes fraseos en carne viva que resbalan por las pieles inertes de un mundo frío, ese mundo en el “que yo no sé olvidar como ella olvida”, un mundo al que había llegado a no entender, un mundo que no era para mí, el mundo sin romanticismo que me quedaba fuera de Raphael, donde nadie parecía comprenderme al pronunciar aquel lenguaje suyo, aprendido donde se habla un idioma para amar con las fuerzas de un loco. Yo me había “educado” en Raphael. Por eso me sentía despedido una y otra vez de un mundo incómodo, un mundo que no tenía el sitio adecuado para un “exagerado” como yo, un extremista amando, un exaltado, un descontento. Estaba harto de un mundo demasiado exacto para mí, demasiado sereno, demasiado correcto, demasiado previsto, demasiado sensato… Era además un mundo de mujeres frías, calculadoras, astutas, sagaces, con eso que yo llamo el doble fondo, con truco… Un mundo sin mujeres excepcionales. Y sobre todo ¡Cómo echaba de menos que las mujeres fueran sinceras! ¡Qué desesperante la falsedad de las mujeres, siempre escondiendo algo! ¡Claro que era lógico buscar a la mía en un concierto de Raphael! ¡Y tanto que era lógico! ¡Lo más lógico! Para mí al menos,  era tan lógico como buscar a un goloso en una pastelería o a un borracho en la taberna. ¿A dónde iba a estar una mujer igual de romántica que yo sino en un concierto de Raphael? ¿A dónde? Además, ¿ha habido nunca alguien mejor que un cantante para provocar flechazos, para tramar noviazgos, para incitar caricias?  ¿Acaso no ha habido siempre nada mejor que un cantante para que salten chispas, para sentir atracciones y ansias de besos mientras se escuchaban sus canciones? Mis padres, sin ir más lejos, habían recibido todas las bendiciones  de los boleros de Machín, todo un experto en ternura.

Que sí, que nada mejor para mí como un concierto de Raphael.    Por eso empecé a buscarla allí. Y cada vez que, al término de algunas de sus canciones, desde los altos artilugios de la iluminación, dirigían los focos al público para descubrirlo aplaudiendo de pie y enfervorizado, yo aprovechaba para fijarme en los rostros de las mujeres que me quedaban más próximas, pretendiendo adivinar entre ellas cuál podría ser la mía, el gran amor que tanto había deseado, con un anhelo tan intenso como el de los versos que escuchaba: ”El que te espera, el que te sueña, el que quisiera ser dueño de tu amor”. Esa búsqueda había llegado hasta límites insospechados, rastreando cualquier parte de la tierra a mi alcance que pudiera ofrecer  una mínima pista donde hallar el amor de verdad, al que siempre consideré lo más difícil de lograr en la vida, el centro de gravedad de toda existencia humana. Ríete de todo lo demás, de cualquier clase de fortuna, de fama, de notoriedad, de pompas y boatos de todo tipo. Antes se gana una primitiva que hacerte con el amor de verdad, la más valiosa suerte, el premio más grande. “Adueñarse de él es vivir, adueñarse de él… eso es vivir”. Lo había sabido muy bien hasta un Nobel de la talla de Severo Ochoa. Cuando una periodista le preguntó, estando ya viudo, qué repetiría de su vida si se pudiera nacer de nuevo, el eminente doctor respondió:

-Volvería a casarme con Carmen.

-¿Y el Nobel, no le gustaría recibir el Nobel otra vez?

-No, eso con una vez basta.

No me falló mi intuición. Conocí a Beatriz cuando yo salía de uno de los conciertos de Raphael en Fibes. Así que, como en la sevillana,  “fue en Sevilla; la primera vez, fue en Sevilla”.

Al verla, tan guapa, me asaltó el cosquilleo ese que entra. Y en aquel momento no podía imaginarme que a ella también. Pero para mí en particular, aquella niña de ojos verdes, tan alta, tan delgada, tan bonita,  era demasiado como para soñar en algo. Era demasiado de todo como para perseguir nada. Y era joven, muy joven. Hasta mucho tiempo después no lo supe, pero sólo tenía 19 años y yo 58. Y también supe lo que pensó de mí, su primera impresión nada más verme:“Qué mayor es, pero qué joven es”. Y se dijo para sí misma: “Se acabó la búsqueda”. Su corta vida había sido lo suficientemente intensa y reflexiva para decidir aquello. Y la mía, tan larga, iba a servir ahora para lo mismo. Se acabó la búsqueda. Beatriz era la mujer a la que había esperado toda mi vida.

Siempre me recomendaron la conveniencia de casarme con una mujer de mi misma educación. Beatriz la tenía. Beatriz, como yo, también estaba “educada” en Raphael. Me la encontré con el alma cruzada de parte a parte por las mismas canciones que yo, por el mismo amor apasionado que yo, ese de “ya sabes que por ti daría hoy la vida”. Nos la dimos. Nuestro matrimonio tuvo lugar al año y pico después de aquel concierto de Raphael en el que nos conocimos, cuando su amor de noche me llegó.

Pepe Fuertes

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