FILA 6 BRILLABAN

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Los ídolos del ídolo

Si Raphael no hubiera confesado los artistas a los que admiró desde su juventud -desde su infancia incluso-, probablemente nunca habríamos sido capaces de averiguarlos. Al menos yo. Yo no hubiera dado nunca con ninguno de ellos a través de una personalidad tan fuerte como la de Raphael. Jamás. No hay en su estilo inconfundible huellas manifiestas que  me lleven a encontrarlo imitando a nadie. Creo que no se da ninguna evidencia que resultara indiscutible. Raphael habrá sido un artista de admiraciones, incluso de inspiraciones, pero no de imitaciones. Me parece imposible un rastreo que hubiera localizado en Raphael a Elvis, Piaf, Bécaud, Sinatra, Manolo Caracol, Lola Flores o a su estrella máxima desde que era un niño: Juanita Reina. Más o menos velada durante años, ignorada entre nombres que seguramente convenían más para sugerir la proyección internacional del Niño, a Carlos Herrera debemos que en la inauguración de su programa televisivo “Las coplas”, de 1989,  se revelara definitivamente y con el testimonio del propio Raphael  (pródigo en detalles y abundante en su narración) hasta qué punto el famoso cantante había seguido a Juanita Reina en todos sus espectáculos, tanto los debuts en Madrid como  los estrenos previos y de prueba en Valladolid. Pero la admiración de Raphael por Juanita Reina merece toda una fila, un capítulo aparte. Lo habrá.

Un análisis en general de los ídolos de Raphael requiere, de manera imprescindible, abarcar la amplia visión de una carrera de más de cincuenta y cinco años. Porque a lo largo de tanto tiempo no hay solamente un Raphael, un Raphael inamovible, inalterable y, por lo tanto, invariable. Raphael puede ser de todo menos inerte. Raphael es el nombre de un fuerte y palpitante latido. Es un Raphael en evolución constante, como un organismo vivo en incesante desarrollo artístico, un Raphael imparable que no ha dejado de probarse a sí mismo en nuevas dificultades, de proponerse nuevas metas, de batir sus propias marcas, de vigilar su crecimiento expresivo, de superar el reto logrado cuando ese reto parecía ya insuperable. Raphael no se quedó en “aquel”, no se conformó con “aquel”. Y, sin embargo, también es “aquel”, sigue  “siendo aquel”. Llamarse Raphael es como una especie de denominación de origen, cuyo carácter y naturaleza lo invaden todo a través de décadas. Por eso hay que aclarar previamente en qué franja temporal podría merecer la pena este esfuerzo casi inútil de buscar las semejanzas de Raphael con otros cantantes que le precedieron. Desde luego descarto todas las etapas de su conquista internacional, cuando los variopintos públicos de tantos países  -algunos de notable diversidad cultural como Rusia o Japón-  lo refrendan como un artista colosal de absoluta originalidad. Es aquello que dijo su mánager Paco Gordillo, muy objetivo e imparcial con su pupilo, como si pronunciara la razón más poderosa que le hizo capaz de cambiar su destino profesional y dedicarse a la aventura de hacer realidad los sueños de un joven, como si justificara sobradamente su fe inquebrantable en el chaval al que descubrió ensayando en la academia de su padre, el maestro Gordillo: “No hay en el mundo un artista que haga lo que hace Raphael”. Estaba diciendo con varias palabras lo que con una sola y después de Gordillo dirían millones de personas, como si esa palabra fuera un apellido inseparable de Raphael o, en todo caso, un sinónimo de su nombre; es esa palabra repetida con asombro por tantos países para calificarlo tras verlo en sus conciertos: ÚNICO.

Si cabe preguntarse o indagar el mínimo parecido de Raphael con alguien, esa remota posibilidad estaría en sus comienzos, en el trecho más desconocido de su largo camino, porque la cuestión me resulta innecesaria  -a mí al menos-  desde el momento en que el eterno buscador que es Raphael logra, con enorme riesgo y sacrificios, apoderarse de lo que él quiere conquistar para el difícil mundo del espectáculo, cuando se hace con la realidad de todo lo que ha planeado, a partir de que en la decisiva noche del miércoles 3 de noviembre de 1965,  sienta al público en las butacas del Teatro de La Zarzuela y consigue abrir las pesadas puertas de la era en la que dejamos de bailar ante los cantantes modernos, cuando Raphael, desde su propio y primer ejemplo, nos enseñó a escucharlos.

Pero entonces, al empezar a cantar, en sus más originarios principios, ¿Raphael se pareció a alguien?

Es inevitable que cada vez que un nuevo cantante se da a conocer, la reacción más natural del público sea compararlo con otro anterior, que le busque una similitud  -por débil que sea-  con alguien ya famoso que pueda dar una idea de cómo canta quien acaba de irrumpir en la  música. No es más que una sencilla forma que suele seguir la gente para orientarse, un recurso cómodo para explicar el estilo aproximado del recién llegado. ¿Ocurrió eso con Raphael, se le encontró semejanza con alguien, recordó a otros? El incomparable Raphael, ¿fue siempre tan incomparable?

Todos somos hijos de nuestro tiempo. Nadie nace en estado puro, aislado, sin acusar influencias. Raphael tampoco. Y aún me atrevo a decir como Boris Eizaguirre que sentir esas influencias y reflejarlas no  tiene porqué ser algo forzosamente negativo ni reprobable.  ¿Por qué iba a serlo? ¿Qué hay de malo en que los seres humanos aprendamos tantas veces y tantas cosas gracias a fijarnos los unos en los otros? ¿Podríamos echarnos en cara que la llamada de nuestra vocación nos  pillara precisamente admirando a quienes nos dieron el ejemplo de realizarla? Querer hacer aquello que nos asombró de otros, no es necesariamente una minusvalía de la personalidad, sino una brújula que la orienta y define. Si yo no creyera eso, ¿qué pensaría entonces de Raphael cada vez que ha hecho versiones, con lo numerosas que han sido en su carrera? Pero les ha imprimido su carácter y temperamento, en ocasiones hasta el extremo de mejorar y hasta de superar las grabaciones originales, como en “Somos”, tan imbatible que Mario Clavel, su compositor, se permitió afirmar que Raphael había sido su mejor intéprete, además de grabarla con toda la grandilocuencia de un acompañamiento sinfónico. Muchas canciones frías en otros cantantes han conocido la pasión adecuada en la voz de Raphael. Es un especialista convirtiendo en cálidos muchos inviernos.

Cuando Raphael empieza, también empiezan con él las comparaciones. Algunos dirán entonces que recuerda al cantante del reloj, Lucho Gatica. Otros, que su voz tiene algo de Antonio Prieto, el de la novia blanca y radiante. Incluso ya avanzada su carrera a finales de los sesenta, la revista española “Mundo Joven” hurga en el caso de un viejo cancionero llamado Antonio Amaya -que nunca llegó a primera figura-, lanzando desde su portada la aseveración de que Amaya fue nada menos que el maestro de Raphael, aquel del que copió sus gestos, la forma de interpretar. Y se lió, con aquella portada se lió, vaya si se lió. Las jóvenes raphaelistas del momento, las de los años de la presidencia de sus clubs de fans por la legendaria Maribel Andújar, armaron el taco,  se movilizaron en contra de un reportaje que les pareció inaceptable, que tomaron como un agravio comparativo, como una ofensa intolerable contra la originalidad y el estilo propio de Raphael.

Para entender hoy una polémica por aquel motivo, hay que  ponerse en las circunstancias de unos tiempos de fervores y apasionamientos propios de la época, además de comprender que el gran arte ya es de por sí siempre discutido y hasta reñido, debate encendido entre partidarios y detractores. Para asumir esto con la mayor naturalidad y sin contrariedad alguna, nada mejor que ser sevillano, acostumbrado a las dualidades de una ciudad que se divide entre dos orillas, la de Sevilla y la de Triana;  entre dos equipos de fútbol, el Betis y el Sevilla; la ciudad que elige entre dos vírgenes, La Macarena y la Esperanza de Triana, o entre dos toreros, Joselito y Belmonte… elige incluso entre dos fiestas, la Semana Santa y la Feria.

Mi opinión es que en esta vida coincidir no es imitar. Una época viene a ser, de alguna manera, como el cóctel en el que dos señoras se presentan inesperadamente con el mismo modelo. Pero el mismo modelo no es, sin embargo, la misma elegancia. Hay una cosa que se llama el sello personal. Una muestra rápida sería el caso de que miles de hombres se han echado sobre  el hombro la chaqueta. Pero nadie lo ha hecho como Raphael; que no es ni mejor ni peor, sino como Raphael. Igual que cientos de personas pueden comprarse el mismo traje, los mismos pantalones… pero hay mujeres que en vaqueros parece que llevan un abrigo de visón y aquellas otras que poniéndoselo parece que van en vaqueros.

La personalidad de Raphael lo impregna todo. Hasta los gestos más esperables en todo ser humano se vuelven singulares en Raphael. Una clara demostración: cuando al despedir la interpretación de “El tamborilero” simula tocar un imaginario tambor, lo hace con un personalísimo desvío de las manos hacia la cadera derecha, como si el tambor lo llevara colgado sobre ese lado y no delante, que es lo que cabría esperar en cualquiera, lo que se nos ocurriría con lógica a la mayoría, simplemente por recordar la forma más usual de colocárselo el músico de una banda,  el de un pasacalles.  Pues Raphael, no; Raphael hace  un redoble al aire con marca de la casa.

Y otro ejemplo realmente curioso para demostrar que Raphael sabe escaparse de los corsés, está en su versión de “Cuando calienta el sol”. Es una de sus primeras grabaciones y apenas es un cantante conocido, pero ya apunta maneras sabiendo resolver su propio espacio, el que no existe en la música y va a crearse para sí mismo. La introducción orquestal de “Cuando calienta el sol”, la espiral de los violines, coincide casi con exactitud, voluntariamente o no  -eso no lo sé-,  con la de una canción de Lucho Gatica, “Contigo al fin del mundo”. Pero ese desliz va a dejar indiferente a Raphael en cuanto empiece a cantar, liberándose de mimetismos, enroscado y protegido por su fuerte personalidad. Es lo  que en otros casos le sucederá a lo largo de su carrera cada vez que cruce los preámbulos orquestales que comparta con otros intérpretes, como en “Ma vie”, “Si supieras”, “Como yo te amo”, “Procuro olvidarte”, “No me puedo quejar”, “Comiénzame a vivir”, etc.   

No hay evidencias que salten a la vista  -ni al oído-  que demuestren jamás a un Raphael que hubiese copiado a alguien, un Raphael imitador. Al contrario: como todo el mundo sabe ha sido Raphael el imitado miles de veces por humoristas, caricatos, actores, e incluso por admiradores que han llegado a convertir el hecho de imitarlo en su modus vivendi, profesionalizando imitar a Raphael, ofreciendo sus actuaciones ante el público cantando los éxitos del gran artista. Esas imitaciones me resultan una especie de “suplantaciones” sorprendentes que dan fe de lo que abarca sin límites ese fenómeno social que es Raphael. En gran medida no dejan de constituir una forma de homenaje que me hace recordar el criterio de Raphael en estos casos: “Sólo se imita lo que se admira”. Y esa admiración es tanta que algunos la han llevado hasta el extremo de consolar en ella  lo que realmente les hubiera gustado ser y no han sido, lo que les hubiera gustado ser Raphael. Han sido capaces de admitir la renuncia a su propia personalidad artística, al menos a su búsqueda y posibilidad, para rendirse sin rodeos ante el único artista que les hubiera compensado ser. Me parecen cantantes de una conformidad muy honesta.

Con sus numerosas declaraciones sobre sus ídolos, Raphael ha ido dejando sueltas las piezas de un rompecabezas que encajar. Una de ellas, a la revista “Mundo Joven” en los años 60 y titular de la portada en la que aparecía afeitándose, es la frase “No he tenido maestros”.  Por encima de todo, el gran arte de Raphael ha consistido en buscarse y hallarse donde se hace incomparable. Fue el indiscutible creador de un espacio musical y artístico que no existía, pero surgió con su llegada. Raphael es, como dijo Pemán, una voz de espía de sí  mismo.

Pepe Fuertes

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