2017 EL AÑO QUE VIVIMOS PELIGROSAMENTE

Siento decirle a Rajoy que efectivamente le han derrumbado en unas horas la construcción de 500 años. Me temo que ha sido la voladura del edificio de Cataluña, en una España que no volverá a ser la misma.

El único escrutinio que sale del 1 de octubre es habernos quedado en medio de dos empecinados irresponsables, dos visionarios peligrosos: uno Puigdemont, por supuesto, que mueve el timón de un barco sin agua, navegando por un cauce ilegal. El otro es Rajoy, que se erige una y otra vez en Caudillo de España, como si lo fuera por la gracia divina, pero que acabará declarado irresponsable ante Dios y ante la Historia. Hace ya mucho que debiera haberse ido el inmoral artífice de una estafa electoral que provocó la fuga de millones de adeptos, dejando a su partido sin mayoría absoluta y derivando en un vacío gubernamental de casi un año; una estafa cuyas consecuencias alcanzan hasta este desastre nacional  más de lo que muchos se creen. Siempre se dijo que el éxito está en llegar al sitio justo y en el momento adecuado. Puigdemont ha sabido identificar la fórmula en la suma de un Parlamento sin mayorías absolutas más un presidente del Gobierno que no sabe gobernar: un fantasioso Rajoy que en  su discurso de la noche del pasado 1 de octubre sigue en el mismo estilo quijotesco de siempre, viendo gigantes donde hay molinos y dulcineas en vez de chachas de posadas. Claro es que su texto no está escrito precisamente por el genio universal de Cervantes. ¿Que triunfó la democracia? Pero, ¿acaso este hombre se cree aún que en España hay democracia? Apeló una vez más a la Constitución, que ya no sé si necesita su reforma, pero sí su estreno real, su aplicación sin violaciones. Un poner: ¿Cuántas veces ellos mismos y los lamentables jueces y fiscales le han bajado las bragas a la igualdad de los españoles ante la ley?

En Cataluña no ha habido un referéndum porque nadie, ni Puigdemont, fue tan ingenuo como para pretender su celebración, veracidad y eficacia. En Cataluña ha habido una sublevación social para demostrar la debilidad del Estado español, sus fisuras, las grietas por las que colarnos todos cuando ya no aguantemos más esta dictadura disfrazada de democracia, esta opresión vestida de libertad. En Cataluña se está guiñando el ojo al resto de España con la posibilidad general de una revolución. Mi abuelo decía “culo veo, culo quiero”.  Se están dando pistas de que los menos  -ni siquiera un Tribunal Constitucional, ni jueces ni fiscales, ni Fuerzas de Seguridad-  pueden contra los más. Es la eterna matemática de los levantamientos populares, la aplastante matemática con la que una madrugada llegaron a Versalles.

El efecto contagio está servido. No sólo Cataluña está fragmentada. España entera está dividida desde ayer lunes, otra vez en su historia en las dos formas machadianas de helarnos el corazón. En contra de eso tan español que es el “tranquilismo”  -el máximo responsable de nuestras ruinas-, me atrevo a decir que desde Cataluña avanza la metástasis de un conflicto muy grave, gravísimo,  que de no cortarse de inmediato  -a ver qué dice y hace el Rey-  invadirá por completo el tejido entero del territorio de España.

Pepe Fuertes

 

 

 

 

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