AHORA NO, GRACIAS.

Las costuras de España tenían que romperse por algún sitio. Ha sido por Cataluña.

El tranquilismo de los españoles puede llegar a ser exasperante. No digo más que se tardaron veinticinco años  -¡¡¡veinticinco!!!- en ilegalizar a Herri Batasuna. Para los españoles nunca pasa nada, hasta que pasa. Y suelen solucionar los largos y dilatados problemas de los demás  -que son al final de todos-  cuando llega la hora del egoísmo, como pasó con ETA,  cuando la bomba ya no fue dirigida al guardia civil, el policía o al militar, sino al centro comercial, donde la gente tenía su propio culo.

Ahora me llaman para agitar banderas nacionales, ¡ahora, coño!, con la de veces que me he tragado en soledad esa emoción llamada España, rodeado de calma cuando se veía venir la tempestad, en medio de prudentes serenos cuando ya la serenidad comenzaba a ser cómplice y cooperadora necesaria de tantos desastres.

No voy. Id vosotros, colgadla vosotros de vuestros balcones, vosotros los que siempre fuisteis a lo vuestro. No os permito reclamar mi patriotismo ni que me invitéis a demostrarlo en vuestras convocatorias. Eso es como comulgar en la misma fila de los que tragan ostias con la misma lengua con la que después te despedazan. No voy. Dejadme con España en el corazón. Dejad de hablarme de legalidad constitucional los que no paráis de violar diariamente a la Constitución o, en todo caso, mirando desentendidos para otra parte cada vez que escucháis los gritos de una injusticia por los callejones. ¡Iros al cuerno! ¡Iros al fútbol o a los próximos mundiales! Pero a mí me respetaréis, sí o sí, en la presunción de español en contra de la independencia de Cataluña. Además, la bandera exige en su juramento derramar hasta la última gota de vuestra sangre. ¿Quién se fía de un pueblo que no ha respetado a quienes lo hicieron en la guerra civil, un pueblo que permitió el regreso de Santiago Carrillo o La Pasionaria, un pueblo que se contó a sí mismo la mentira de que fue una contienda entre hermanos en vez de reconocer que se puso fin con las armas a los desmanes y crímenes de unos incendiarios y anticlericales, capaces de violar monjas, asesinar sacerdotes y prender fuego a los templos? Después de esa lectura de la historia, muy a lo Ian Gibsom  -que de historiador tiene lo que yo de chica Play Boy-, ¿le quedan a alguien ganas de ser héroe por nuestra bandera, para que al correr de los años, ya muerto estúpidamente, te cuenten como parte de un bando fascista? Después de saber al cabo de varias décadas cómo son los españoles, yo no daría jamás por España ni la última ni la primera de las gotas de mi sangre.

Cataluña seguirá siendo española, para decir esto no hay que ser una lumbrera. El independentismo no ha sido más  que el instrumento de una sublevación social que se estaba masticando con la dictadura de Rajoy y sus secuaces. Los totalitarismos, igual que pasa con la violencia, engendran dictadores, como Puigdemont. Hemos vuelto a la rebelión de las masas, las que con la excusa del referéndum han desahogado por unos días su pulso a lo establecido, al Estado de Derecho que se salta a piola el Derecho, a los desprestigiados y lamentables jueces y fiscales, que están hace ya mucho entre ceja y ceja de la mayoría de los españoles, más del ochenta por ciento que no creemos en este bodrio español de Justicia peruana.

Ahora no, queridos pasotas que tanto os irritáis en los límites de la realidad, pero nunca en la realidad. Ahora no. Y el “Viva España”, que nunca le gustó a mi amigo Manolo Escobar, cantadlo sin mí. Para vosotros enterito, los que llamáis país a lo que yo llamo patria. Además, ¿qué es ya España, si cada uno dice ese nombre con una idea distinta? Lo mismo os creéis, como en el cateto himno, que nació entre flores, fandanguillos y alegrías. Pues pa vosotros el cajón, la pandereta y las banderas. Y no me pongáis en duda: ¡Viva España, Arriba España!

Pepe Fuertes

 

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