LO FELIZ NO QUITA LO VALIENTE

La felicidad es una variable según cada individuo. Así que nadie puede decirme desde la suya cuál es la mía. La idea de la  felicidad es personal e intransferible. Si por ejemplo unos piensan que el dinero no la hace posible, otros están convencidos de que la da.

Yo escucho recomendaciones sobre mi felicidad como si dependiera de tener amnesia o ponerme una venda en los ojos, algo así como rechupetear un caramelo para olvidar con su azúcar los sabores menos dulces de la vida. Por otra parte, entre tantos presupuestos  hinchados como nos han dado para esto de existir, creo que nos hemos pasado de unos a otros la moneda falsa de que a este mundo hemos venido a ser felices. Ni a Cristo le he escuchado eso en ningún momento del Evangelio, por más que una corriente de teólogos quiera cambiarme ahora lo de bienaventurados por felices, que será lo  mismo, pero no es igual.

La felicidad completa nos es una nómina fija, sino una gratificación extraordinaria de ciertas fechas y momentos excepcionales. Mi mujer me hace feliz, inmensamente feliz, pero fuera de ella quedan muchas cosas que escapan a su control y al mío. No todo lo abarcan nuestros abrazos. Qué más quisiéramos. Fuera de nuestra unión, están las soledades de algunos de nuestros amigos, el paro de muchos, las enfermedades de otros, las depresiones de tantos. Con la felicidad junto a mis hijas pasa lo mismo. Una felicidad de espaldas a todos no sería felicidad, sino  egoísmo. Además, la raíz de lo que llamamos felicidad está en el latín: fecundo. Por eso creo que la verdadera felicidad es un vigorizante, no un tranquilizante, un magnífico regalo de energía que aún me envalentona más frente a las injusticias de los injustos,  la envidia de los envidiosos y la estupidez de los estúpidos. Esa felicidad me dota de una potente fuerza interior que consigue hacerme más combativo e imbatible.

No quiero una felicidad que paraliza y aletarga. Y menos quiero la felicidad pasiva de Sevilla, la que te recomienda no meterte en problemas, dejarte de líos. Me niego a una felicidad de morfina, la de un ambiente conformista, la de una ciudad indolente, sin vertebración social salvo para fiestas mayores, que va a lo suyo.

No creo que el auténtico destino del  hombre, o el único destino del hombre,  sea conseguir la felicidad, sino asumir muchas veces la incomodidad de denunciar las injusticias. Pensar que lo primordial es ser felices ha terminado ingresando a mucha gente en los cuarteles de la frustración y la amargura. El destino de un hombre no es únicamente ser feliz. El destino de un hombre, al menos como yo, es la inquietud, la rebeldía, el inconformismo, la lucha, el esfuerzo, el compromiso, no caer en la tentación de desistir, perseverar en el ánimo indesmayable de mejorar el mundo, aunque sea con su humilde grano de arena… Detesto a esas personas que cuando sorprenden a otras hablando de tantos problemas como nos acucian, largan la preguntita: “¿Qué, arreglando el mundo?”. Imbéciles.

Un hombre simplemente feliz es un hombre simple, un ser humano que ni es tan ser ni es tan humano, alguien insolidario y egoísta. Una especie de bulto inerte que encima critica a quienes nos movemos con pasión por vivir.

Yo creo que la felicidad completa no existe, salvo que sea una de las formas de la tontura. Los grandes ejemplos humanos que he seguido en esta vida siempre han estado llenos de contrastes. Porque más que de felicidad, yo hablaría de luces, como la que encontré en Beatriz. Entrar en la luz implica inevitablemente provocar sombras indisolubles de esa misma luz.  Alguien que me invite a separarlas, ¿ha pensado realmente dos minutos lo que me propone?

Sus verdades puede que valgan para ellos, pero que no me digan cuáles han de ser las mías. En eso soy muy arrogante, pues también he sido y soy un gran postor que pagó fuerte sus propios pensamientos, que rechazó ser la sucursal de nadie, ni siquiera de la Iglesia católica. La gente oscura no eclipsa un solo brillo de mi vida. Pero me hace arrojado para decirles que siempre les plantaré cara, que nunca huyo por los callejones de la noche, que les aguardo en las esquinas donde ajustar cuentas pendientes, muy pendientes. Y que alguien con un sentido de la justicia tan acusado como yo, espera siempre que pase ante la puerta el cadáver de mi enemigo.

Ya no tolero de quienes advierto que han tomado picos en un simple aperitivo, el consejo de lo que debe hacer un hombre que, como yo, ha comido muchos bollos. Las grandes personalidades  -y salvando las distancias-  como Santa Teresa, estuvieron edificadas sobre acero y ternura, sin que una cosa excluyera la otra. Puedo escribir boleros mientras planto cara a los que critican el baile que siento. Sólo escucho y aprendo de los grandes guerreros del alma. Hay un código común invisible, que da la universidad de la vida,  para identificarlos.

Sólo me veo reflejado por definiciones como la que me  ha escrito por estos días, a cuento de mi próximo y anecdótico cumpleaños, el compositor internacional José Abraham: “A mí no me importa tu edad. Ya quisieran muchos de 20 tener tus ganas de vivir, tu rebeldía,  tu valentía y tus ganas de seguir soñando con amar sin límites”. Tenía que ser un especialista de las palabras como él. Tenía que ser alguien que ha compuesto maravillas como “La mala costumbre”, de Pastora Soler y David Bisbal. Abraham escribe con termómetro, te da hasta las décimas. Y su juicio inteligente es mi auténtica temperatura.

Pepe Fuertes

 

 

 

 

 

 

 

 

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