45 AÑOS DE LO QUE NO IBA A DURAR

Estamos a punto de hacer las maletas. Unas horas más y partimos  rumbo a Venecia. ¡Qué profunda emoción!

Decidí que no habría mejor lugar en el mundo para irme con ella. Ella es Beatriz, mi mujer. Pero eso que está en una escueta inscripción del Registro Civil es decir poco. Beatriz es la mujer de mi vida, de mi muerte y de mi resurrección. Ella me está enseñando que la eternidad es una aspiración de maduros; y que la relatividad es la conformidad de los inseguros, los que te dicen que aproveches lo que dure, que te quiten lo bailao cuando se acabe. Pero nunca me interesó un amor de temporada, porque siempre supe que el amor de verdad es el que dura toda la vida. Por fin estoy con alguien que también lo cree firmemente.

Nos vamos a una ciudad eterna para celebrar un amor eterno. Una ciudad que se pasa el tiempo, las épocas y los siglos sumergida y emergiendo. Todo un símbolo de la naturaleza humana, de los luchadores, del que “vuelve a equivocarse y vuelve a levantarse”.

Fue allí donde hace ahora cuarenta y cinco años un hombre y una mujer se casaron. Él, Raphael, Rafael Martos Sánchez. Ella, Natalia Figueroa Gamboa.

El 14 de Julio de 1972 yo estaba en un internado, se supone  -y se esperaba-  que para recuperar no sé cuántas asignaturas en septiembre. Tenía cerca de quince años y miles de hermosas musarañas para ponerme difícil lo de estudiar. Me pilló lejos aquella boda, me quedó  muy  lejos de aquel colegio, muy lejos de allí donde un chaval sólo pudo hacerse con las plazas y las callejas de Venecia pagando el peaje de las  revistas, revistas y más revistas  -hasta un libro de Yale y César Lucas-,  para ver cruzar a los novios en góndola a través de una música con cadencia de canales, bajo los puentes Rialto o el de los suspiros… ¡siempre suspiros!

Costó mucho conseguir la celebración de aquella boda por la que nadie, o casi nadie, dio un duro de los de entonces. A decir verdad, a Raphael todo le ha costado mucho, muchísimo.  No le han regalado nada. La maledicencia y las envidias se lo pusieron todo en contra para casarse con la mujer de la que se había enamorado. Y ella de él, claro. Parece que la gente siempre sabe más de nosotros que nosotros mismos. La gente sabe lo que nos conviene y lo que no. Parece que es la sociedad la que lleva en su lengua viperina las decisiones que debemos tomar sobre nuestra vida. Y quienes no alcanzaron sus sueños, tampoco están por la labor de que logremos los nuestros. Miles de matrimonios de rutina, matrimonios agotados, matrimonios de apariencias, tan cobardes como para seguir en ellas, no están dispuestos a que otros se casen sintiendo un milagro en sus corazones. Es como si se dijeran:

-¡Ah, no! De ninguna manera: ¿cómo van a ser felices otros si yo no lo soy?

Pero el amor es siempre una maravillosa audacia de la que Raphael y Natalia fueron capaces.

A los cuarenta y cinco años de aquella tarde de los ojos bellísimos de Natalia, de su blanco traje de volantes, la tarde  de su pelo con flor de Sevilla en abril, aquella tarde en la que “nos la robó al paso una canción”, la misma tarde en la que entró en la Iglesia de San Zacarías para unirse eternamente a Raphael, a los cuarenta y cinco años digo, voy a encontrarme precisamente en Venecia para celebrar con Beatriz nuestro amor. Es como si nos hubiera llamado el eco de la voz que un día nos reunió, la voz que proclama querernos con la fuerza de los mares y con el ímpetu del viento. Esa voz vive siempre en nosotros hasta cuando, como ahora, está dormida y descansa. Es esa voz del mundo entero y en cuyos dominios nunca se pone el sol. Es esa voz que, a decir del maestro Carlos Herrera, forma ya parte del sonido de la vida. Para Beatriz y para mí, esa voz llegó a convocarnos un día como si hubiera oficiado una ceremonia de promesas que cumpliremos, porque estaremos siempre unidos en el gozo y en el llanto, porque andaremos siempre juntos por el mundo paso a paso, porque siempre le alcanzaré aquella estrella que le gusta con mis manos…

Dice Raphael que lo mejor que ha hecho en toda su existencia fue casarse con Natalia. Sabe muy bien que a la caída de la tarde nos examinarán en el amor. Sabe muy bien que nadie le preguntará por sus éxitos, por sus trofeos, sus hitos o apoteosis… ni siquiera por el disco de uranio. Sabe muy bien que sólo le preguntarán cuánto amó en esta vida. Cuánto a puro grito y en silencio, en la alegría y en el llanto, en la distancia y en el tiempo, en el peligro y en la calma, de una forma sobrehumana…

Estamos a punto de hacer las maletas. Unas horas más y partimos  rumbo a Venecia. Beatriz y yo nos vamos a celebrar nuestro amor, este amor del que un día es lo único de lo que nos van a examinar a la caída de la tarde…  quizás una tarde tan bellísima como aquella de hace cuarenta y cinco años en la que Raphael y Natalia se juraron amor eterno, el único amor que es el de verdad. El único al que merece la pena aspirar.

Pepe Fuertes

 

 

 

 

2 Comments en 45 AÑOS DE LO QUE NO IBA A DURAR

  1. Mirtha Herlein // 12 julio, 2017 en 16:12 // Responder

    Hermoso. Me emocionaste. Qué la pasen bonito en Venecia…

  2. En horabuena por ese amor, por la magia del amor!!! y dure hasta el infinito, muchas felicidades!!!

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*